pájaro naranja

11.13.2016

Qupi

Para concebir a Qupi, su mamá se dio a la tarea de recolectar madera del monte que crecía más allá de los arroyos rosados, unos arroyos concéntricos que enmarcaban el paraje, cuyas aguas sabían a frambuesas en la estación de la lluvia. Con paciencia, en la espesura de ese verdor, podían encontrarse ramas muertas de nogal, teka y fresno blanco.

Durante la mañana trabajaba en el telar, y por la tarde, cuando el viento hacía volar a las sábanas tendidas, se sentaba en el taller a trabajar en el cuerpito de Qupi: una cabeza cúbica con un sombrero piramidal, unas manos grandes y fuertes, con cuatro dedos nomás, y una sonrisa de travesura que auguraba correrías entre la huerta de zanahorias y los corrales de las gallinas 

La mamá de Qupi vivía en una casita sobre una loma cubierta de plantas de manzanilla y tréboles. En esa región del país el día transcurría como una balsa arrullada en un lago.

Una vez al año, el viento de la tarde arremolinaba las sábanas de manera peculiar, dándoles formas de caracoles y tiñéndolas de colores improbables. Así que ella aguardó a ese día para sentarse con el cuerpito de Qupi en su regazo. 

El viento entró por el ombligo.

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